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La pérdida de masa muscular en adultos mayores se asocia con mayor riesgo de deterioro cognitivo leve, según estudios recientes
Vida y Estilo20 de enero de 2026 Maggie Abraham
La pérdida de fuerza no siempre comienza con una enfermedad ni aparece de forma repentina. En muchos casos avanza de manera silenciosa, casi imperceptible, hasta que subir escaleras cuesta más, cargar bolsas resulta pesado o el equilibrio ya no es el mismo. Detrás de estos cambios puede estar la sarcopenia, una condición relacionada con la disminución progresiva de la masa y la fuerza muscular, que afecta principalmente a personas adultas y adultas mayores, pero que puede empezar antes de lo que se piensa.


Aunque durante años se asumió como una consecuencia “natural” del envejecimiento, hoy la ciencia médica advierte que la sarcopenia no es inevitable. Existen estrategias claras para frenar su avance, preservar la movilidad y mejorar la calidad de vida.
La sarcopenia se define como la pérdida gradual de músculo esquelético, acompañada de reducción de fuerza y rendimiento físico. Diversos estudios estiman que, a partir de los 40 años, una persona puede perder entre 3 y 8% de masa muscular por década, y el proceso se acelera después de los 60.
Este deterioro no solo impacta en la apariencia física. Está asociado con mayor riesgo de caídas, fracturas, dependencia funcional, hospitalizaciones frecuentes y menor expectativa de vida. Además, puede coexistir con enfermedades crónicas como diabetes tipo 2, obesidad o problemas cardiovasculares.

Aunque la edad es un factor determinante, no es el único. La sarcopenia se ve favorecida por una combinación de elementos:
Inactividad física prolongada, especialmente la falta de ejercicios de fuerza.
Alimentación deficiente, con bajo consumo de proteínas de calidad.
Cambios hormonales asociados al envejecimiento.
Enfermedades crónicas e inflamación persistente.
Periodos largos de hospitalización o reposo.
Este conjunto de factores explica por qué la pérdida muscular puede aparecer incluso en personas que no se consideran “adultas mayores”.

La evidencia científica coincide en que hay acciones concretas que pueden marcar la diferencia.
El ejercicio de resistencia —como levantar pesas, usar bandas elásticas o trabajar con el propio peso corporal— es uno de los estímulos más efectivos para mantener y recuperar masa muscular. No se trata de rutinas extremas, sino de constancia y supervisión adecuada, especialmente en edades avanzadas.
Una dieta adecuada en proteínas es clave para combatir la sarcopenia. Carnes magras, pescado, huevos, lácteos, leguminosas y frutos secos aportan los aminoácidos necesarios para la regeneración muscular. En algunos casos, especialistas pueden recomendar suplementación, siempre bajo control médico.
Identificar la pérdida de fuerza a tiempo permite intervenir antes de que el daño sea mayor. Evaluaciones médicas, medición de fuerza de agarre y análisis de composición corporal ayudan a detectar la sarcopenia en etapas iniciales.
El envejecimiento poblacional ha convertido a la sarcopenia en un desafío de salud pública. La Organización Mundial de la Salud reconoce la importancia de promover el envejecimiento activo, no solo para vivir más años, sino para vivirlos con autonomía.
Un estudio del Instituto Nacional de Salud Pública, basado en datos de la cohorte SAGE-México, encontró que los adultos mayores con sarcopenia presentan el doble de riesgo de desarrollar deterioro cognitivo leve en comparación con quienes no la padecen. La tasa fue de 12.1% en personas sarcopénicas frente a 6.1% en no sarcopénicas, lo que equivale a un incremento anual de 1.5% y 0.8%, respectivamente.
Hoy, médicos, nutriólogos y especialistas en rehabilitación coinciden en un mensaje central: cuidar el músculo es cuidar la independencia. Y ese cuidado puede —y debe— comenzar mucho antes de que aparezcan las primeras limitaciones.

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