
Ghosting: Cuando el silencio también duele
Marcela Nazar
Hay silencios que pesan más que las palabras. Y hay ausencias que duelen más que un adiós mal dicho. A eso hoy le llamamos ghosting: desaparecer sin explicación, cortar la comunicación de golpe, dejar a alguien hablando solo… y con el corazón lleno de preguntas. Lo sé porque lo he visto, lo he escuchado y, sí, también lo he vivido. Desde un lugar que da la experiencia y la observación cercana de las relaciones humanas, puedo decir que el ghosting no es nuevo. Lo nuevo es la forma.
Antes, el abandono tenía otros rituales. Se esperaba una llamada junto al teléfono fijo, mirando cómo pasaban las horas. Alejandra Guzmán lo cantó perfecto en “Llama, por favor”: esa súplica que resume una época en la que el silencio también era una respuesta, aunque tardara días en llegar. Hoy ese silencio cabe en una pantalla.
El ghosting moderno empieza casi siempre igual: un día abres WhatsApp y ya no está la foto. Luego notas que desapareció la “última conexión”. Los mensajes se quedan en una palomita… o en dos, eternamente sin respuesta. No hubo pelea, no hubo cierre, no hubo explicación. Solo alguien que decidió borrarte de su vida digital como si así pudiera borrar también la responsabilidad emocional.
Con los años y la experiencia emocional que solo el tiempo da, la reacción ya no es la misma. No se persigue, no se acosa, no se ruega. Hay dolor, por supuesto, pero también una comprensión más amplia: quien se va de ese modo suele hablar más de sus propios límites que de los de quien se queda esperando. La madurez enseña que no todo silencio merece ser perseguido.

Cuando te GHOSTEAN a los veintes
Pero ¿qué pasa cuando esto ocurre a los 20 o a los 30?
Ahí el golpe es otro. Más fuerte. Más confuso. Porque en esas edades todavía se está construyendo la autoestima, el valor propio, la idea de qué es el amor y cómo debería doler —o no—. El ghosting en jóvenes suele venir acompañado de ansiedad, culpa, obsesión por revisar el teléfono, pensamientos circulares: ¿qué hice mal?, ¿en qué momento?, ¿por qué ayer sí y hoy no?
Desaparecer no es NEUTRAL
El problema es que quien ghostea rara vez da respuestas. Y ahí está una de las heridas más profundas: cuando un hombre —o una mujer— decide desaparecer sin dar la cara, sin decir un porqué, sin asumir lo que siente o dejó de sentir, está evitando el conflicto… pero trasladando todo el peso emocional al otro.
¡Te necesito, ya ves!
¡Odio reconocer!
Que necesito tener
Tu aliento para estar bien
Que no hay mejor alimento
Que el que me das con tus besos
¡Llama por favor!

Lo que dicen los EXPERTOS
La psicoterapeuta y experta en relaciones Esther Perel, autora de libros como Inteligencia erótica y El dilema de la pareja, ha explicado que vivimos una era de vínculos frágiles, donde la tecnología facilita la evasión emocional. Perel sostiene que muchas personas confunden libertad con falta de compromiso y que evitar una conversación incómoda se ha vuelto más fácil que nunca: basta con dejar de responder. El ghosting, desde esta mirada, no es solo una falta de educación emocional, sino una incapacidad para sostener la incomodidad que implica cerrar una relación con honestidad.
Desde la psicología clínica, otros especialistas coinciden en que quien practica el ghosting suele huir del conflicto, del enojo ajeno o incluso de su propia culpa. No saben —o no quieren— poner límites con palabras, así que lo hacen con ausencia. El problema es que el cerebro humano necesita cierre. Y cuando no lo hay, el dolor se prolonga.

Las secuelas del SILENCIO
Para quien lo sufre, el ghosting puede generar síntomas muy reales: tristeza profunda, ansiedad, insomnio, baja autoestima y una sensación de desecho emocional. Para quien lo ejerce, aunque no siempre sea consciente, también hay consecuencias: dificultad para crear vínculos profundos, miedo al compromiso y una repetición constante de relaciones inconclusas.
El silencio no es neutral: también comunica, y muchas veces comunica desprecio, inmadurez o miedo.

Irse también es un acto de RESPONSABILIDAD
El silencio no es neutral. También comunica, y muchas veces lo que transmite es desprecio, inmadurez o miedo a enfrentar lo que ya no se quiere sostener. Callar puede parecer una salida fácil, pero casi nunca es una salida limpia: deja preguntas abiertas, heridas sin nombre y emociones suspendidas en el aire.
El ghosting no es ausencia de palabras; es ausencia de responsabilidad emocional.
Desde la observación atenta de las relaciones humanas y de las historias que se repiten una y otra vez, queda claro que desaparecer no es una forma sana de terminar nada. Ni una relación, ni una ilusión, ni un vínculo que, al menos, merecía una explicación honesta.
Porque al final no se trata de quedarse donde ya no hay un lugar. Se trata de saber irse. De hacerlo con respeto, con responsabilidad emocional y con la dignidad suficiente para no dejar al otro atrapado en un silencio que, muchas veces, duele más que cualquier verdad dicha de frente.



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