
Abuelos de hoy: activos, visibles y también digitales

Cada 28 de agosto, México vuelve la mirada hacia los abuelos y las personas mayores. La fecha conserva un componente afectivo poderoso, pero también abre una pregunta incómoda: ¿seguimos imaginando a los abuelos como realmente viven o como aprendimos a representarlos hace décadas?
La propia Secretaría de Salud ha advertido que persona mayor y abuelo no son categorías equivalentes: hay personas mayores que nunca tuvieron nietos y hay quienes se convierten en abuelos mucho antes de llegar a la tercera edad. El 28 de agosto se reconoce oficialmente en México como Día Nacional de las Personas Mayores.
Aun así, la palabra abuelo continúa cargada de imágenes casi automáticas: retiro, dependencia, enfermedad, paciencia infinita y disponibilidad familiar permanente. Una fotografía incompleta para una generación mucho más diversa de lo que ese retrato permite ver.


Ser abuelo es un vínculo, no una identidad completa
Una persona puede ser abuela y al mismo tiempo dirigir una empresa, vender por internet, tomar clases, enamorarse, viajar, cuidar su jardín, correr una carrera, empezar otro negocio, aprender un idioma o decidir que quiere pasar una tarde entera sin atender a nadie.
Parece obvio. Culturalmente no siempre lo ha sido.
La Organización Mundial de la Salud define el edadismo como los estereotipos, prejuicios y discriminación relacionados con la edad, y advierte que puede aparecer incluso en comportamientos aparentemente amables, como tratar de manera paternalista a una persona mayor o asumir lo que puede hacer únicamente a partir de su edad.
Romper la antigua representación del abuelo frágil tampoco implica sustituirla por otro mandato: el del adulto mayor que debe demostrar a toda costa que sigue siendo joven.
Envejecer bien no debería convertirse en una competencia.
Hay personas con enorme autonomía y otras que necesitan apoyo. Hay quienes quieren trabajar y quienes esperan con entusiasmo la jubilación. Algunas tienen una intensa vida social; otras disfrutan una vida más tranquila.
La diferencia está en permitirles decidir.

La vida digital tampoco pertenece a otra generación
Una de las transformaciones más claras ocurre frente a una pantalla.
WhatsApp, banca móvil, videollamadas, Facebook, YouTube, compras en línea, plataformas de streaming, trámites digitales y aplicaciones forman parte de la vida de una proporción creciente de personas mayores.
La ENDUTIH 2024 del INEGI encontró que 71% de las personas de 55 a 64 años utilizaba internet. Entre quienes tenían 65 años o más, la proporción alcanzó 42.1%, frente a 28.3% registrado en 2021. Las personas usuarias de 65 años y más reportaron un promedio de tres horas diarias de uso.
Eso no significa que la brecha digital haya desaparecido. Está lejos de hacerlo.
Existen diferencias económicas, educativas, territoriales y de acceso. También persisten dificultades de diseño: aplicaciones con letras pequeñas, trámites confusos, sistemas de autenticación complicados y servicios que parecen construidos suponiendo que todas las personas aprendieron tecnología de la misma manera.
Pero una brecha pendiente no convierte a una generación en analógica.
Tener nuevos proyectos no necesita permiso
Quizá uno de los cambios más interesantes esté en la duración de la vida adulta.
Antes se hablaba de etapas casi cerradas: estudiar, trabajar, criar hijos, jubilarse y descansar. Hoy esas fronteras son mucho menos rígidas.
Después de los 60 pueden aparecer emprendimientos, relaciones sentimentales, estudios, actividades comunitarias, voluntariado, viajes y proyectos creativos que nunca encontraron espacio durante los años de mayor carga laboral o familiar.
La OMS señala que las actividades sociales significativas, los grupos comunitarios, las oportunidades educativas, las actividades creativas y el voluntariado pueden favorecer la conexión social y la calidad de vida de las personas mayores.
Eso tampoco obliga a “mantenerse ocupado”.
El descanso elegido también es autonomía.

Los nietos reciben otros abuelos
La transformación se nota en la relación entre generaciones.
Hay abuelos que siguen compartiendo recetas, historias y memoria familiar, pero también intercambian memes con sus nietos, ven juntos una serie, conversan sobre videojuegos, siguen una carrera de Fórmula 1 o reciben fotografías desde otro país minutos después de que fueron tomadas.
Las videollamadas han permitido mantener vínculos familiares que antes dependían del teléfono de casa y de visitas mucho más espaciadas.
Al mismo tiempo, también están cambiando los límites.
Ser abuelo no debería significar asumir automáticamente cuidados infantiles permanentes. Ayudar puede ser una decisión amorosa; convertir esa ayuda en obligación sin preguntar transforma el vínculo.
La relación intergeneracional funciona mejor cuando existe reciprocidad: experiencia que circula hacia los jóvenes y conocimientos nuevos que también viajan en dirección contraria.

Una generación visible necesita ser escuchada
Mostrar personas mayores viajando, trabajando o utilizando tecnología es importante, pero la representación sirve de poco si no viene acompañada de algo más profundo: reconocerlas como personas capaces de decidir sobre su propia vida.
La conversación sobre envejecimiento suele oscilar entre dos extremos. De un lado aparece la vulnerabilidad absoluta. Del otro, la exigencia de una madurez extraordinariamente activa, saludable, productiva y sonriente.
Entre ambos existe la vida real.
Cumplir años puede traer cambios físicos, pérdidas y necesidades nuevas. También puede traer experiencia, libertad, tiempo, curiosidad, proyectos y relaciones diferentes.
Los abuelos de hoy no necesitan parecerse a sus nietos para demostrar que siguen perteneciendo al presente.
Ya están en él.
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