
Realeza y mascotas: los perros de las casas reales europeas
Marcela Nazar
Un perro no entiende de tratamientos, precedencias ni líneas de sucesión. Quizá por eso, cuando aparece junto a una familia real, ocurre algo difícil de conseguir mediante cualquier retrato oficial: por unos instantes desaparece la institución y se asoma la vida privada. Los perros han acompañado a distintas casas reales europeas durante generaciones, dejando pequeñas historias familiares dentro de grandes archivos históricos.
No se trata únicamente de fotografías entrañables. Algunos de esos animales aparecen en pinturas, diarios, álbumes familiares y comunicaciones oficiales, y terminan asociados a la memoria pública de sus dueños. En el Reino Unido, donde existe abundante documentación sobre mascotas reales, esa relación puede seguirse desde la reina Victoria hasta Isabel II y la actual reina Camilla.
Dash, el perro que jugaba con la reina Victoria
Mucho antes de que los corgis se convirtieran en parte inseparable de la imagen de la monarquía británica, estuvo Dash. El Cavalier King Charles Spaniel fue uno de los compañeros favoritos de la joven Victoria y quedó inmortalizado en 1836 por Sir Edwin Landseer en un retrato encargado por la duquesa de Kent como regalo de cumpleaños para su hija.


La Royal Collection conserva además numerosos testimonios del interés de Victoria por los perros. Ella misma dibujó animales y convivió con distintas razas durante su vida. Dash ocupa un lugar especial porque perteneció a los años anteriores y primeros tiempos de su reinado, cuando detrás de la futura figura monumental de la era victoriana todavía estaba una mujer muy joven jugando con su mascota.
Su historia resulta especialmente reveladora porque demuestra que las mascotas reales no son una invención de las redes sociales ni un recurso reciente para humanizar a las monarquías. Décadas antes de las cámaras instantáneas y de Instagram, ya estaban incorporadas a la representación familiar de la Corona.

Isabel II y Susan: una historia de más de 30 perros
Ningún vínculo entre realeza y perros alcanzó una identificación pública tan poderosa como el de Isabel II con sus corgis. La historia comenzó con Susan, la corgi que recibió como regalo por su cumpleaños número 18. De ella descendieron numerosos perros que acompañaron a la reina a lo largo de su vida.
La propia Casa Real británica registra que Isabel II tuvo más de 30 corgis y dorgis. Estos últimos surgieron del cruce de corgis con dachshunds; uno de los perros vinculados al origen de esa línea fue Pipkin, perteneciente a la princesa Margarita. La afición de la monarca no fue episódica: atravesó décadas de reinado, residencias y distintas etapas familiares.
El resultado fue extraordinario desde el punto de vista cultural. Una raza que ya existía mucho antes de ella terminó convertida internacionalmente en una referencia inmediata a Isabel II. Los corgis aparecieron en fotografías domésticas, celebraciones reales y representaciones populares, hasta construir una asociación visual casi tan reconocible como sus sombreros o sus bolsos.

Camilla eligió la adopción
La relación de la familia real británica con los perros continúa, aunque con una historia distinta. La reina Camilla adoptó en Battersea Dogs & Cats Home a dos Jack Russell Terriers, Beth en 2011 y Bluebell en 2012. Años después se convirtió en patrona de la organización dedicada al rescate y bienestar de perros y gatos.
La presencia de ambas mascotas llegó incluso a uno de los momentos ceremoniales más importantes de su vida. En el vestido que utilizó durante la coronación de Carlos III se bordaron, entre otros motivos personales, dos pequeños Jack Russell dorados en homenaje a Beth y Bluebell. Beth murió en 2024 y, en 2025, Camilla recibió en su hogar a otra perrita rescatada de Battersea, llamada Moley.
Hay una diferencia interesante entre esa historia y la de los corgis de Isabel II. En Camilla, la narrativa pública ha estado muy vinculada a la adopción y al bienestar animal. La mascota deja entonces de ser únicamente compañía privada y se conecta con una actividad institucional que la reina ha apoyado durante años.

Coco, una vida mucho más cotidiana en Dinamarca
En otras monarquías europeas los perros aparecen con menor frecuencia, pero su presencia ofrece el mismo vistazo a la intimidad familiar. En abril de 2024, la Casa Real danesa publicó nuevas fotografías por el cumpleaños 17 de la princesa Isabella. En ellas, la princesa aparecía en Amalienborg acompañada por Coco, identificada oficialmente como uno de los perros de la familia real.
Ese tipo de imágenes resulta revelador precisamente porque no necesita grandes símbolos. Una joven princesa sentada junto al perro de su familia pertenece a una escena reconocible en millones de hogares y, al mismo tiempo, forma parte del archivo oficial de una de las monarquías más antiguas del mundo.
Las casas reales han entendido desde hace mucho que algunas de sus fotografías más recordadas no son necesariamente las realizadas con tiaras, uniformes o salones de Estado. La naturalidad puede tener una fuerza documental que el ceremonial difícilmente reproduce.

Milly Kakao y la familia heredera de Noruega
Noruega ofrece otro ejemplo especialmente bien documentado. En 2009, la familia de los entonces príncipes herederos Haakon y Mette-Marit recibió a la cachorra Milly Kakao. La Casa Real noruega conserva un álbum de fotografías oficiales en el que aparece la familia disfrutando con ella en el jardín de Bygdø, junto con imágenes de Ingrid Alexandra y Sverre Magnus jugando con la perrita.
Las imágenes fueron distribuidas por la propia Corte para uso editorial y forman parte del archivo institucional. Allí, la mascota no parece un accesorio colocado para una sesión: corre, juega y ocupa el espacio de cualquier perro dentro de una familia con niños.
Ese detalle importa. Las mejores historias de mascotas reales funcionan cuando el animal conserva precisamente su condición de animal querido y no se transforma en pieza de escenografía monárquica.

Lo que los perros cuentan cuando el protocolo termina
Durante siglos, las monarquías han utilizado retratos para comunicar continuidad, autoridad y representación. Las mascotas introducen otra capa: la del afecto cotidiano. Por eso una pintura de Dash, una fotografía de Isabel II caminando con sus corgis o una princesa adolescente junto a su perro pueden permanecer en la memoria con tanta facilidad.
También revelan cambios culturales. Del perro de compañía retratado en un óleo del siglo XIX hemos pasado a mascotas adoptadas en refugios, archivos digitales y fotografías difundidas directamente por las casas reales. Cambian las formas de comunicación, pero permanece esa convivencia extraordinariamente común entre personas y animales.
Tal vez ésa sea la razón de su atractivo. Tras las puertas de un palacio, un perro sigue esperando un paseo, buscando una pelota o acomodándose junto a alguien a quien reconoce simplemente como su persona. Y durante unos minutos, incluso una familia real se parece muchísimo a cualquier otra.
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