El bajón después de las vacaciones también existe

Volver a casa después de unos días felices puede traer cansancio, nostalgia o irritabilidad. El descanso ayuda, pero regresar a la rutina también exige adaptación.
Vida y Estilo03 de agosto de 2026 Mariela Castro
Volver también cansa- el cuerpo regresa antes que las emociones.
Volver también cansa: el cuerpo regresa antes que las emociones.

La maleta sigue medio abierta, hay ropa por lavar, el refrigerador está vacío y el correo parece haberse multiplicado. Las fotografías del viaje todavía provocan una sonrisa, pero el despertador vuelve a sonar a la hora habitual.

Entonces aparece una sensación desconcertante: “¿Cómo puedo sentirme cansada o triste si acabo de regresar de vacaciones?”

No es necesariamente una contradicción. Las vacaciones pueden mejorar nuestro bienestar y, al mismo tiempo, el regreso puede sentirse difícil.

Pasar del descanso a la exigencia

Durante un viaje cambian muchas cosas simultáneamente: horarios, responsabilidades, sueño, comidas, actividad física, entorno y cantidad de decisiones relacionadas con el trabajo.

Incluso nuestra percepción del tiempo puede sentirse diferente. Después regresamos y esperamos recuperar inmediatamente el ritmo anterior.

Ahí aparece el choque. No necesariamente porque odiemos nuestro trabajo o nuestra vida cotidiana, sino porque el organismo y la atención vuelven a cambiar de velocidad.

Las vacaciones sí producen recuperación

Diversas investigaciones sobre descanso y bienestar laboral han encontrado que las vacaciones pueden mejorar temporalmente la sensación de bienestar, disminuir la percepción de estrés y favorecer la recuperación.

Eso no significa que esos efectos sean permanentes ni que todas las personas vivan el regreso de la misma manera. Lo importante es entender que descanso y nostalgia pueden coexistir.

Podemos haber dormido mejor y, aun así, sentir poca motivación para abrir el correo. Podemos disfrutar nuestra vida cotidiana y echar de menos la libertad de no mirar el reloj.

No todo malestar después de unas vacaciones significa que algo está mal. A veces estamos simplemente atravesando una transición.

Las vacaciones pueden aliviar el estrés, pero volver a la rutina también requiere tiempo para recuperar el ritmo.
Las vacaciones pueden aliviar el estrés, pero volver a la rutina también requiere tiempo para recuperar el ritmo.

El error de volver con la agenda al máximo

Llegar el domingo por la noche y reincorporarse el lunes temprano puede ser inevitable. Cuando existe margen, dejar un pequeño espacio entre el viaje y las obligaciones puede facilitar cuestiones muy concretas: deshacer la maleta, comprar comida, lavar ropa, dormir y reorganizar horarios.

No es necesario crear una ceremonia compleja de regreso. Se trata simplemente de reconocer que viajar también produce cansancio.

Aeropuertos, carreteras, cambios de horario, sueño irregular y días intensos pueden dejar huella. Las vacaciones no siempre equivalen a permanecer inmóviles descansando.

No intentes recuperar todo el primer día

El correo acumulado produce una sensación engañosa de emergencia. Todo parece necesitar respuesta inmediata, aunque normalmente no sea así.

Puede resultar más manejable identificar primero qué requiere atención real y qué puede esperar. La misma regla sirve en casa.

No hace falta lavar, comprar, ordenar, cocinar, contestar mensajes y reorganizar el mes completo en las primeras horas. Regresar también puede hacerse por etapas.

Regresar no significa resolverlo todo de inmediato- priorizar también es una forma de cuidarnos.

Regresar no significa resolverlo todo de inmediato: priorizar también es una forma de cuidarnos.

Conserva algo de las vacaciones

Hay una costumbre interesante que podemos rescatar de los viajes. Quizá caminábamos después de cenar, desayunábamos sin teléfono, leíamos más o pasábamos tiempo al aire libre.

No todas esas condiciones pueden trasladarse a la vida diaria. Alguna quizá sí.

La pregunta útil después de viajar no es únicamente “¿cómo vuelvo a mi rutina?”. También puede ser: “¿qué descubrí durante estos días que podría incorporar a mi rutina?”

Ahí las vacaciones dejan de funcionar como una interrupción y pueden convertirse en información sobre nuestra manera de vivir.

No conviertas la nostalgia en diagnóstico

En redes sociales circulan términos como post-vacation blues o depresión posvacacional. Conviene utilizarlos con cuidado.

Sentir nostalgia, cansancio o cierta desgana después de volver no equivale automáticamente a tener depresión clínica. La tristeza temporal debe distinguirse de un malestar persistente o incapacitante.

Si la sensación es intensa, dura demasiado tiempo o interfiere significativamente con las actividades cotidianas, buscar orientación de un profesional de salud mental es lo adecuado.

La nostalgia al volver puede ser parte de la transición.

La nostalgia al volver puede ser parte de la transición: sentirla no significa automáticamente que exista un problema.

¿Y si el problema no son las vacaciones?

A veces el regreso revela algo. No porque viajar nos haya hecho menos capaces de tolerar nuestra vida, sino porque la distancia permitió observarla desde fuera.

Si después de cada descanso aparece una angustia intensa relacionada específicamente con volver al trabajo, determinadas responsabilidades o ciertas relaciones, quizá valga la pena mirar qué está provocando esa reacción.

Los contrastes pueden aportar información. Y las vacaciones, al interrumpir temporalmente ciertas rutinas, permiten observar con mayor claridad aquello que en la vida cotidiana hemos normalizado.

La comparación tampoco ayuda

Hay otro ingrediente moderno. Ayer estábamos viendo el mar y hoy estamos en el tráfico.

Abrimos Instagram y alguien más acaba de comenzar sus vacaciones. La comparación amplifica la sensación de pérdida.

Pero estamos comparando dos momentos completamente distintos. La parte extraordinaria de viajar existe precisamente porque no es la rutina.

Pretender sentir permanentemente la misma intensidad que durante unas vacaciones sería una expectativa difícil de sostener.

Comparar nuestra rutina con las vacaciones de otros puede hacernos olvidar que las redes muestran momentos, no vidas completas.

Comparar nuestra rutina con las vacaciones de otros puede hacernos olvidar que las redes muestran momentos, no vidas completas.

Planear algo pequeño ayuda a cambiar el horizonte

No tiene que ser otro viaje. Puede ser una comida, una película, un paseo, una tarde libre, una exposición o cocinar algo que probamos durante las vacaciones.

Tener una pequeña experiencia agradable por delante evita que el calendario parezca dividirse únicamente entre “vacaciones” y “todo lo demás”.

La vida cotidiana también necesita puntos de anticipación.

Quizá regresar sea parte del viaje

Viajar nos saca temporalmente de los patrones habituales. Volver nos devuelve a ellos, pero no necesariamente regresamos exactamente iguales.

Quizá descubrimos que necesitamos caminar más, dormir más, mirar menos el teléfono, dejar espacios vacíos en la agenda o ver más a ciertas personas.

La nostalgia también puede señalar aquello que disfrutamos y queremos conservar.

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Por eso, si los primeros días después de las vacaciones cuestan un poco, quizá no sea necesario exigirnos recuperar inmediatamente nuestra velocidad habitual.

Deshacer la maleta, dormir, priorizar y regresar gradualmente puede ser suficiente.

Y dejar una fotografía del viaje cerca no para recordar que las vacaciones terminaron, sino para recordar que descansar también forma parte de la vida que estamos construyendo cuando volvemos a casa.

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