
¿En qué momento el autocuidado se volvió otra forma de exigencia?

El reloj dice que dormiste mal, la aplicación recuerda que todavía no cumpliste tus pasos y otra notificación pregunta si ya meditaste. A eso se suman el agua que debes tomar, el ejercicio pendiente, la comida saludable, la rutina de skincare, la respiración consciente, los vínculos que deberías cuidar y la recomendación de dormir temprano porque mañana hay que empezar de nuevo.
Todo, en teoría, por nuestro bienestar. Hasta que aparece una contradicción difícil de ignorar: cuidarnos también puede convertirse en algo agotador.
El problema no está en dormir mejor, mover el cuerpo, comer de manera saludable o encontrar espacios de calma. Está en lo que ocurre cuando esas prácticas dejan de acompañarnos y empiezan a funcionar como otra forma de evaluación: una nueva lista que determina si estamos haciendo suficientemente bien nuestra propia vida.


Cuando hasta descansar necesita demostrar que sirve para algo
El sociólogo Carl Cederström, profesor de la Stockholm Business School y coautor de El síndrome del bienestar, lleva años cuestionando la transformación del wellness en una cultura obsesionada con la autosuperación.
En una entrevista publicada por EL PAÍS el 30 de septiembre, Cederström sostiene que prácticas vinculadas originalmente con el bienestar, entre ellas el mindfulness, han sido absorbidas también por el mundo corporativo y utilizadas como herramientas para mejorar el desempeño. Su crítica no consiste en afirmar que meditar o cuidarse sea inútil, sino en preguntarse qué ocurre cuando incluso el bienestar termina subordinado a la productividad.
La diferencia parece pequeña, pero cambia por completo la conversación. ¿Descansamos porque necesitamos descansar o porque mañana queremos producir más? ¿Dormimos para recuperarnos o para mejorar una puntuación? ¿Meditamos porque necesitamos diez minutos de calma o porque queremos volver más concentradas a la computadora?
El cuidado sigue siendo cuidado. Pero cuando todo tiene que justificar su utilidad mediante resultados, incluso descansar puede comenzar a parecer otra tarea.

El día que un número empezó a decirnos cómo nos sentimos
La tecnología nos permite conocer aspectos del cuerpo que hace pocos años apenas observábamos: pasos, frecuencia cardiaca, horas de sueño, fases del descanso, entrenamientos, periodos de inactividad y decenas de indicadores más.
La información puede ser valiosa. Otra cosa es convertirla en calificación.
Puede ocurrir algo tan sencillo como despertar sintiendo que dormiste razonablemente bien, abrir la aplicación y descubrir que tu reloj ha decidido lo contrario. De pronto aparece una puntuación mediocre, una advertencia sobre tu recuperación y hasta una recomendación de bajar el ritmo.
Entonces sucede algo curioso: empezamos a desconfiar de la sensación que teníamos antes de mirar la pantalla.
No significa que debamos renunciar a los dispositivos que pueden ayudarnos a reconocer patrones o entender mejor nuestro cuerpo. Significa algo mucho más simple: un dato puede orientarnos sin convertirse en juez de cómo debemos sentirnos.

Del autocuidado a la segunda agenda del día
También existe otra escena cada vez más reconocible. Termina la jornada laboral y comienza una especie de segunda agenda: hacer ejercicio, preparar comida saludable, completar la rutina de skincare, meditar diez minutos, leer, organizar el día siguiente y acostarse a la hora correcta.
Ninguna de esas actividades es problemática por sí misma. Muchas pueden ser agradables, útiles o incluso necesarias. El conflicto aparece cuando dejamos de elegirlas y empezamos a sentir que debemos cumplirlas.
Entonces llega la culpa: no fui al gimnasio, no completé mis pasos, comí algo que “no debía”, no hice mi rutina, no aproveché la mañana, me acosté tarde. Incluso pasar una tarde sin hacer nada puede empezar a sentirse como tiempo desperdiciado.
Ahí aparece una de las contradicciones más incómodas de cierta cultura contemporánea del bienestar: podemos terminar estresándonos porque no logramos relajarnos correctamente.
El problema tampoco siempre está dentro de ti
Esta discusión adquiere otra dimensión cuando entra al mundo del trabajo.
La Organización Mundial de la Salud señala que las cargas excesivas, el bajo control sobre el trabajo, la inseguridad laboral, la discriminación y otros entornos deficientes representan riesgos para la salud mental. Su actualización de septiembre de 2026 estima además que cada año se pierden alrededor de 12 mil millones de días de trabajo por depresión y ansiedad en el mundo.
Eso obliga a distinguir entre dos cosas que con frecuencia se mezclan: ofrecer herramientas para que una persona maneje mejor el estrés y corregir las condiciones que lo producen.
Un curso de mindfulness puede ayudar a alguien. Una aplicación de respiración también. Pero ninguna técnica individual elimina por sí sola una sobrecarga laboral, una mala organización, jornadas excesivas o un ambiente hostil.
De hecho, la propia OMS plantea que la salud mental en el trabajo debe abordarse también mediante cambios organizacionales, políticas de prevención y condiciones laborales saludables, no únicamente a través de intervenciones dirigidas al individuo.
En México también importa mirar el lugar de trabajo
La discusión tiene una dimensión concreta en nuestro país. La NOM-035-STPS-2018 establece elementos para identificar, analizar y prevenir factores de riesgo psicosocial y promover un entorno organizacional favorable en los centros de trabajo.
Entre los factores que contempla se encuentran las cargas de trabajo, las jornadas, el grado de control sobre las tareas, la interferencia entre trabajo y familia, las relaciones negativas y la violencia laboral. La Secretaría del Trabajo también ha señalado que la norma evalúa factores relacionados con el ambiente laboral, no simplemente la capacidad individual de una persona para “manejar mejor” el estrés.
La diferencia importa porque desplaza una pregunta demasiado frecuente. En lugar de limitarnos a pensar “¿por qué esta persona no sabe controlar el estrés?”, también tendríamos que preguntarnos qué condiciones existen alrededor de ella.
Si alguien está agotado, decirle que medite puede ayudar. Pero no necesariamente resolverá el origen del problema. Si está ansioso, respirar puede servir durante unos minutos, aunque eso no modifica una carga de trabajo imposible. Y si alguien no alcanza metas permanentemente inalcanzables, quizá la solución no sea perfeccionar todavía más su rutina de las cinco de la mañana.

Cuidarnos no debería convertirse en otro examen
No necesitamos abandonar los relojes inteligentes, las aplicaciones, el ejercicio, el yoga, la meditación ni las rutinas que disfrutamos. Podemos quedarnos con todo aquello que genuinamente nos hace bien.
Tal vez lo que necesitamos recuperar es la posibilidad de no convertir cada decisión saludable en una obligación.
Que caminar pueda ser simplemente caminar. Que dormir no sea una competencia. Que una comida agradable no necesite compensación. Que una tarde sin productividad no tenga que justificarse llamándola self-care. Y que nuestro bienestar no se mida únicamente por cuánto conseguimos hacer después.
Cuidarnos puede ayudarnos a concentrarnos, trabajar mejor o tener más energía, por supuesto. Pero ésos pueden ser efectos secundarios y no necesariamente el propósito.
Porque hay días en los que descansar no necesita mejorar nuestra productividad, aumentar nuestro rendimiento ni sumar puntos en ninguna aplicación.
A veces descansar debería servir únicamente para estar bien.
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