
La Llorona: por qué México cuenta tantas versiones de la misma leyenda

Hay mexicanos que crecieron convencidos de que La Llorona ahogó a sus hijos después de ser abandonada por un hombre. Otros escucharon que los perdió accidentalmente. En algunas comunidades se habla de una mujer que aparece cerca del agua; en otras, de una figura vestida de blanco que persigue o seduce a los hombres. Y existen relatos en los que su comportamiento es todavía más inesperado.
Entonces, ¿cuál es la verdadera historia de La Llorona?
La pregunta tiene una dificultad: las leyendas de tradición oral no funcionan como una novela con una versión definitiva.


La propia Secretaría de Educación Pública explica que este tipo de relatos no posee necesariamente una versión única o “verdadera”, porque pasa de una familia a otra y de una comunidad a otra, incorporando costumbres, valores, lugares y temores distintos. Con el paso del tiempo también cambia para adaptarse a nuevas generaciones.
En el caso de La Llorona, esa capacidad para transformarse ha sido extraordinaria.
Un estudio citado en la Revista Chilena de Literatura recuerda que los investigadores George Butterworth y Fernando Horcasitas analizaron 120 versiones mexicanas de la leyenda. Y ni siquiera ese amplio repertorio agotó las posibilidades de una historia que continúa modificándose.
La paradoja es fascinante: México reconoce inmediatamente a La Llorona, aunque los mexicanos no necesariamente estén hablando de la misma mujer.
Hay cosas que cambian y otras que casi siempre permanecen
El nombre puede ser el mismo, pero la historia se mueve.
Entre las versiones documentadas aparecen mujeres que asesinan a sus hijos, mujeres que los pierden accidentalmente y fantasmas femeninos que atraen a hombres hacia lugares peligrosos.
También cambia aquello que hace La Llorona cuando encuentra a alguien. Puede preguntar por sus hijos, asustar a quien la sigue, atacar o sencillamente continuar su recorrido.
Pero algunos elementos regresan una y otra vez.
La noche. El lamento. Una mujer. La pérdida. El agua.
Ese último elemento ayuda a entender una parte importante de la geografía de la leyenda.
La SEP señala que los relatos suelen situar a La Llorona junto a ríos, canales o acequias. En Xochimilco, por ejemplo, la tradición la coloca entre los canales; incluso las historias de la Ciudad de México fueron modificándose conforme desaparecieron muchos de los antiguos espacios acuáticos de la capital.
El escenario, por lo tanto, no es únicamente decoración.
Cada población lleva a La Llorona a su propio paisaje.
Y cuando cambia el paisaje, también puede cambiar la historia.

¿La Llorona existía antes de la Conquista?
Aquí conviene separar la leyenda de una afirmación histórica imposible de demostrar.
Uno de los antecedentes que con mayor frecuencia se relacionan con La Llorona es Cihuacóatl, divinidad de la tradición mexica vinculada, entre otros aspectos, con la maternidad.
El Instituto Nacional de Antropología e Historia presenta a Cihuacóatl como uno de los posibles orígenes del personaje, no como una explicación definitivamente probada.
En fuentes atribuidas a fray Bernardino de Sahagún aparece el relato de una figura femenina que lloraba y gritaba durante la noche antes de la llegada de los españoles, con expresiones dirigidas hacia sus hijos y asociadas posteriormente con los presagios de la caída de Tenochtitlan.
La semejanza es poderosa: una mujer nocturna, el lamento, los hijos, la pérdida y la proximidad del agua.
Pero decir que Cihuacóatl “era La Llorona” simplificaría una historia mucho más compleja.
Lo que hoy llamamos La Llorona parece haberse construido mediante siglos de transmisión, mezclas culturales, reelaboraciones religiosas, literatura y relatos comunitarios.
Eso ayuda a explicar por qué buscar una fecha exacta de nacimiento para la leyenda resulta prácticamente imposible.

La mujer que mató a sus hijos no es la única Llorona
Probablemente sea la versión más conocida actualmente.
Una mujer se enamora. El hombre la abandona. Ella mata a sus hijos —frecuentemente ahogándolos— y después muere. Su castigo consiste en vagar eternamente buscándolos mientras su llanto se escucha durante la noche.
Pero la investigación folclórica muestra que ese argumento es solamente una de las grandes familias narrativas.
El estudio publicado por la Universidad de Chile recoge, entre otras, tres formas frecuentes encontradas en relatos mexicanos: la mujer abandonada que mata a sus hijos y queda condenada; la madre que los pierde accidentalmente y continúa buscándolos después de morir; y la mujer espectral que atrae a los hombres y puede conducirlos hacia la muerte.
Investigaciones realizadas sobre relatos de Puebla también encontraron esas diferencias: infanticidio después del abandono, pérdida accidental de los hijos y Lloronas que seducen o matan hombres.
Es decir, un detalle que parece indispensable cuando recordamos la historia —que la mujer asesinó a sus propios hijos— no aparece necesariamente en todas las versiones.
Y eso modifica por completo al personaje.
Puede ser culpable.
Puede ser víctima.
Puede ser amenaza.
Puede ser madre.
Puede ser una aparición cuyo origen ni siquiera se explica.

En el Valle del Mezquital aparece una Llorona muy distinta
Uno de los ejemplos más reveladores procede del Valle del Mezquital, en Hidalgo.
La antropóloga Angélica Galicia Gordillo, del Instituto de Investigaciones Antropológicas de la UNAM, ha explicado una versión en la que La Llorona aparece como una mujer otomí que se presenta ante niños pastores.
Cuando los pequeños comparten su comida con ella, la mujer les entrega agua, un recurso especialmente valioso en la región.
Aquí La Llorona ya no responde exactamente al personaje terrible que muchos conocimos en la infancia. El agua continúa presente, pero adquiere otro significado: vida, reciprocidad y generosidad.
Ese cambio ayuda a responder la pregunta central de esta historia.
Una comunidad no se limita a repetir una leyenda: la hace suya.
La adapta a aquello que conoce, teme, necesita recordar o considera importante transmitir.
Una investigación de la Universidad de Guanajuato sobre relatos conservados en cuatro localidades indígenas mexicanas encontró precisamente ese fenómeno: personajes como La Llorona son recreados por la memoria colectiva conforme a las particularidades locales, aunque mantengan ciertos rasgos reconocibles.

Después llegaron los escritores y también cambiaron la historia
La transmisión oral no fue el único vehículo.
Durante el siglo XIX, escritores mexicanos comenzaron a llevar aquellas historias que circulaban de boca en boca al territorio de la literatura.
Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza publicaron desde 1882 una serie de relatos que posteriormente integrarían Tradiciones y leyendas mexicanas. Entre ellos estaba La Llorona.
En su versión aparece Luisa, una mujer abandonada por el hombre al que ama que mata a sus hijos y termina condenada a vagar después de la muerte.
Ese relato ayudó a fijar literariamente una de las imágenes que después se volverían familiares: la mujer castigada por el asesinato de sus hijos.
La literatura hizo algo particular con la tradición oral.
La convirtió en texto.
El relato contado por una abuela puede cambiar la siguiente vez que se narra. El impreso, en cambio, conserva palabras, personajes y acontecimientos determinados.
Pero ni siquiera la literatura logró encerrar a La Llorona en una sola historia.
Después vendrían teatro, canciones, historietas, televisión y cine. La primera película mexicana titulada La Llorona apareció en 1933, y el personaje continuaría siendo reinterpretado durante décadas. Investigaciones académicas sobre sus representaciones cinematográficas muestran cómo cada época volvió a leer la leyenda desde preocupaciones y sensibilidades diferentes.

Por qué las leyendas cambian cuando viajan
Hay una diferencia fundamental entre una leyenda y una noticia histórica.
Una noticia intenta establecer qué ocurrió.
Una leyenda permanece viva precisamente porque puede volver a contarse.
En la transmisión oral cada narrador recibe una historia, conserva algunas piezas y modifica otras. A veces conscientemente; muchas veces, no.
El pueblo cambia.
El río se convierte en canal.
La acequia desaparece.
La mujer adquiere nombre.
El motivo de la tragedia se transforma.
Un personaje indígena puede mezclarse con elementos coloniales. Un relato rural llega a una ciudad. Una historia mexicana cruza la frontera y comienza a circular entre comunidades latinas de Estados Unidos.
La investigación comparada ha documentado versiones de La Llorona en México, otros países de Hispanoamérica y zonas estadounidenses con fuerte presencia de cultura mexicana.
Cada recorrido deja algo.
Por eso las contradicciones entre las historias no son necesariamente errores de la leyenda: son una característica de su supervivencia.

Una historia también cambia porque sirve para cosas diferentes
Las leyendas sobrenaturales pueden entretener, pero rara vez sobreviven durante generaciones únicamente porque producen miedo.
La Llorona también ha funcionado como advertencia.
No acercarse al agua durante la noche.
No caminar solo.
No apartarse del camino.
No seguir a una desconocida.
Obedecer a los adultos.
En otras versiones el mensaje se desplaza hacia la maternidad, la culpa, el abandono, la muerte o el castigo.
La antropóloga Angélica Galicia Gordillo señala que la persistencia del personaje puede entenderse también por sus funciones sociales: advierte, moraliza, consuela y crea memoria compartida dentro de una comunidad.
Ahí probablemente reside una parte de su enorme resistencia al tiempo.
La historia puede modificarse porque aquello que una sociedad necesita contar también cambia.

Entonces, ¿cuál es la verdadera leyenda de La Llorona?
Quizá la respuesta más fiel sea otra pregunta:
¿La Llorona de dónde?
¿La de Xochimilco?
¿La del Valle del Mezquital?
¿La que quedó fijada en la literatura del siglo XIX?
¿La que se cuenta en una comunidad de Puebla?
¿La que una familia escuchó durante generaciones?
La Secretaría de Educación Pública utiliza precisamente La Llorona para enseñar algo esencial sobre las tradiciones orales: las narraciones se modifican conforme pasan por distintas épocas, regiones y personas.
Por eso, si la versión que escuchabas de niña no coincide con la de otra persona, probablemente ninguna de las dos esté “mal”.
Tal vez esa diferencia sea precisamente lo que demuestra que La Llorona continúa siendo una leyenda viva.
Cinco siglos de relatos no consiguieron darle una biografía única.
Consiguieron algo mucho más difícil: que prácticamente todo México reconozca su llanto.


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