
Hatshepsut: la faraona que gobernó como rey y casi fue borrada de la historia
Marcela Nazar
Hatshepsut adoptó los títulos y atributos visuales tradicionales del faraón al asumir el poder en Egipto. En esta vista de la Galería 115 del Metropolitan Museum aparece una de sus estatuas sedentes.
Fue hija de un faraón, esposa de otro y regente de un tercero. Después asumió todos los títulos del poder real y gobernó Egipto durante cerca de dos décadas. Sus imágenes muestran a una mujer utilizando los códigos masculinos de la realeza egipcia; siglos después, reconstruir su historia obligaría también a revisar quién decide qué nombres permanecen en la memoria.
En las esculturas de Hatshepsut hay algo que desconcierta a primera vista.
En unas aparece con rasgos femeninos. En otras lleva el tocado nemes, la falda ceremonial, el cuerpo idealizado de un rey e incluso la barba postiza reservada a la figura del faraón.


Pero todas representan a la misma persona.
Y las inscripciones ayudan a entender lo que las imágenes, vistas con ojos del siglo XXI, podrían confundir: incluso en muchas de sus representaciones masculinizadas aparece su nombre, Hatshepsut, o formas gramaticales femeninas. El Metropolitan Museum of Art lo explica de manera especialmente clara: aquella imagen no pretendía hacer creer a los egipcios que su gobernante era un hombre. Respondía a una tradición visual del poder que llevaba más de 1,500 años representando al rey como un varón joven y vigoroso, independientemente de la edad —o, en este caso, del sexo— de quien ocupaba el trono.
Esa diferencia importa.
Porque contar a Hatshepsut únicamente como “la mujer que se hizo pasar por hombre” simplifica una historia mucho más interesante: la de una mujer que consiguió ocupar una institución construida durante siglos alrededor de un gobernante masculino y utilizó sus símbolos para ejercer plenamente el poder.
De reina y regente a rey de Egipto
Hatshepsut nació dentro de la familia real de la dinastía XVIII. Era hija del faraón Thutmose I y posteriormente se convirtió en la principal esposa de su medio hermano, Thutmose II.
Cuando él murió, el heredero era Thutmose III, hijo de Thutmose II con otra mujer y todavía demasiado joven para gobernar por sí mismo. Hatshepsut asumió entonces la regencia del niño, que además de ser su hijastro era su sobrino.
Lo extraordinario ocurrió después.
Entre los primeros años del reinado de Thutmose III —el Metropolitan sitúa la transformación entre los años dos y siete— Hatshepsut dejó de actuar únicamente como regente y adoptó la titulatura completa del faraón, incluido el nombre de trono Maatkare. A partir de entonces ambos aparecieron como corregentes, aunque Hatshepsut ejerció durante años la posición dominante. Su etapa como faraón suele situarse aproximadamente entre 1473 y 1458 a.C.
No desplazó formalmente a Thutmose III de la realeza. Gobernaron juntos.
Ese dato ha resultado incómodo para algunas narraciones posteriores, porque complica la vieja historia de una madrastra ambiciosa que habría robado el trono a un niño destinado a recuperarlo.
La documentación conservada dibuja una realidad menos teatral y bastante más política.

Gobernar como rey no significaba ocultar que era mujer
Hatshepsut no creó un nuevo cargo para una mujer.
Ocupó el cargo existente.
Y ese cargo tenía títulos, vestimentas, posturas, símbolos y convenciones visuales desarrollados en torno a la figura masculina del rey.
Por eso algunas estatuas la muestran enteramente como mujer y otras como el faraón idealizado. Existen incluso piezas donde ambos lenguajes parecen convivir: lleva indumentaria real tradicionalmente masculina, mientras sus títulos están feminizados o su cuerpo conserva rasgos que no intentan ocultar su sexo.
Esto permite evitar una tentación frecuente al mirar el pasado: colocar sobre una persona del siglo XV a.C. categorías personales, políticas o identitarias desarrolladas miles de años después.
La pregunta históricamente más fértil no es qué etiqueta contemporánea describiría a Hatshepsut.
Es qué necesitaba hacer una mujer para ser reconocida como depositaria legítima del poder faraónico en el Egipto de su tiempo.
Y parte de la respuesta está escrita en sus monumentos.

La legitimidad también se construía en piedra
Hatshepsut no dependió únicamente de su parentesco con reyes anteriores.
Su programa político vinculó estrechamente su reinado con Amón, la gran divinidad de Tebas. En objetos procedentes de los depósitos fundacionales de su templo aparecen los distintos títulos que tuvo a lo largo de su vida: hija del rey, reina, regente y finalmente soberana. Algunos incorporan además una forma ampliada de su nombre que la relacionaba directamente con Amón.
El escenario monumental de esa construcción fue Deir el-Bahri, en la ribera occidental del Nilo frente a la antigua Tebas.
Su templo funerario, integrado visualmente en los acantilados, se convirtió en una de las obras emblemáticas de su reinado. No era solamente arquitectura: relieves, estatuas, ceremonias, genealogía divina y representación real formaban una narrativa destinada a colocar su gobierno dentro del orden político y religioso egipcio. El Metropolitan relaciona además su reinado con un periodo de prosperidad y una extraordinaria producción artística.
El poder necesitaba administrarse.
También necesitaba verse.

Punt: comercio, prestigio y una historia que debía quedar registrada
Entre los episodios que Hatshepsut eligió conservar en los muros de Deir el-Bahri destaca la expedición a Punt, una región cuya localización exacta continúa siendo discutida por los especialistas.
La expedición no inauguró las relaciones entre Egipto y Punt: existían desde mucho antes. Pero durante el gobierno de Hatshepsut ese intercambio adquirió tal importancia que fue convertido en relato monumental.
El British Museum conserva un fragmento procedente de su templo con una escena de la expedición, mientras que el Metropolitan señala que durante su reinado se renovaron intercambios con Punt, Asia occidental y el mundo egeo.
La imagen tradicional de Hatshepsut como una soberana interesada únicamente en construir y comerciar también merece cautela. Su reinado perteneció al Nuevo Reino egipcio, una época de consolidación y expansión de poder.
Lo verdaderamente significativo es que los mensajes que ella decidió monumentalizar ponen un énfasis enorme en prosperidad, construcción, legitimidad religiosa y capacidad de traer riqueza a Egipto.
Es otra forma de ejercer autoridad.
Thutmose III y el problema de una historia demasiado perfecta
Hatshepsut murió alrededor de 1458 a.C. Thutmose III continuó gobernando y se convertiría en uno de los faraones más importantes de la historia egipcia.
Después ocurrió algo que hizo irresistible la versión de la venganza.
Imágenes de Hatshepsut fueron eliminadas. Su nombre fue martillado en distintos monumentos. Estatuas fueron desmontadas y sus rastros desaparecieron de algunas reconstrucciones oficiales de la sucesión real.
Durante mucho tiempo pareció sencillo explicarlo: Thutmose III había esperado años para vengarse de la madrastra que supuestamente le había arrebatado el poder.
Pero existe un problema.
La persecución de su memoria no comenzó inmediatamente después de su muerte.
El Metropolitan sitúa las principales acciones contra sus monumentos aproximadamente dos décadas después. Esa demora hace mucho más difícil reducir todo a un estallido personal de resentimiento y ha llevado a los especialistas a considerar razones vinculadas con sucesión, legitimidad dinástica y memoria oficial. El motivo exacto sigue sin estar resuelto.
Y una investigación publicada en 2025 añadió todavía otra capa.

Ni siquiera todas las estatuas rotas cuentan la misma historia
El arqueólogo Jun Yi Wong revisó documentación de las excavaciones originales de Deir el-Bahri y estudió de nuevo el estado en que fueron recuperadas las esculturas de Hatshepsut.
Su trabajo, publicado en la revista académica Antiquity, no niega que Hatshepsut sufriera una persecución política póstuma.
Sí cuestiona algo más específico: que toda estatua fragmentada deba interpretarse automáticamente como producto de una destrucción furiosa ordenada contra ella.
Algunas piezas conservan el rostro prácticamente intacto. Muchos daños siguen patrones de fractura en cuello, cintura y extremidades que pueden corresponder a procesos rituales de “desactivación”, traslado y posterior reutilización de la piedra como material de construcción.
La diferencia puede parecer pequeña.
No lo es.
Obliga a separar dos hechos: hubo una campaña para retirar a Hatshepsut de determinados espacios de memoria real, pero cada piedra rota no constituye por sí sola prueba del mismo acto, del mismo momento ni de la misma intención.
La arqueología también revisa sus propias historias.

Casi borrada no significa olvidada
El intento de reducir su presencia funcionó parcialmente.
Hatshepsut quedó fuera de algunas listas posteriores de reyes y buena parte de su imagen oficial fue alterada.
Pero no desapareció.
El Metropolitan recuerda que siglos después todavía sobrevivía memoria suficiente para que Manetón, sacerdote egipcio que escribió una historia de Egipto en el siglo III a.C., registrara un reinado femenino de aproximadamente 21 años en la dinastía XVIII.
Miles de años más tarde, fragmentos encontrados alrededor de Deir el-Bahri permitieron recomponer muchas de las esculturas que habían sido desmontadas.
Y ocurrió algo profundamente irónico.
Las piedras destinadas a dejar de representarla terminaron convirtiéndose en parte de las principales pruebas que hoy permiten reconstruir cómo quiso ser vista.
Hatshepsut no necesita que el presente la convierta en algo que no sabemos si habría reconocido.
Su historia ya es extraordinaria tal como puede sostenerse: una mujer del Egipto antiguo pasó de hija de rey a esposa real, de regente a faraón, adoptó todo el lenguaje de la realeza, gobernó durante cerca de dos décadas y dejó una huella tan difícil de eliminar que incluso el esfuerzo por borrarla terminó revelando la importancia que había alcanzado.
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